El buey y la mula


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El pasado domingo empezó el Adviento, el tiempo litúrgico destinado a la preparación de la Navidad. Esto quiere decir que, muy pronto será Santa Lucía, la fiesta que suele coincidir con el mercado del pesebre. ¡Benditas figuritas de mis sueños de niño! Personalmente, no pienso renunciar al buey y a la mula, sin los cuales el portal de Belén ya no sería el portal. ¡A buenas horas Benedicto XVI nos explica, en su último libro, que en el portal no había ni la mula ni el buey! Ya lo sabíamos … Probablemente tampoco estaba el ángel que anunció a los pastores una buena nueva, que sería de gran alegría para todo el pueblo: "Hoy, dijo el ángel, en la ciudad de David os ha nacido el Salvador, que es el mesías, el Señor." Eso es lo que importa y con ello tenemos suficiente: el qué y no el cómo. Resulta sospechosa esta puntualización sobre la iconografía tradicional del pesebre navideño. El buey y la mula están presentes en el profeta Isaías. En efecto: en el capítulo 1, versículo 3, dice: "Un buey conoce a su dueño, y el asno el establo de su propietario, pero a mí, Israel no me conoce, mi pueblo me ignora."


Los padres de la Iglesia han interpretado este versículo como una prefiguración del rechazo de Cristo por parte del pueblo judío. Y, desde muy antiguo, la devoción popular incorporar estos dos animales al pesebre. Con el paso de los años, tal vez el verdadero significado se perdió, pero no la presencia constante del buey y la mula cerca del niño. Una presencia que el poeta Sagarra, en su Poema de Navidad, aprovecha para alentar a vivir el nacimiento del niño con la máxima alegría posible. Porque, si bien es verdad que el misterio por sí solo asusta, no es menos cierto que el niño recién nacido "tiene la carne desnuda acostada en la paja y tiene las mejillas empapadas de llanto, y quiere sentirnos mucho más a la vera, bien reunidos en torno a los pastores, y quiere sentir en la piel nuestras almas como el aliento de la mula y el buey". Mejor catequesis que ésta no creo que se pueda encontrar. No sólo no necesitamos permiso del papa para continuar poniendo en el pesebre la mula y el buey, sino que necesitamos que estén para poder interpretar el Concilio en clave de Navidad. Y aquí quería llegar.


Hace tiempo que estamos soportando estoicamente una estrategia que no tiene nada de inocente. Desde la primera encíclica del papa Wojtila, Redentor Hominis, hasta el último libro de Ratzinger, La infancia de Jesús, no se ha hecho otra cosa que reiterar las "verdades esenciales o verdades eternas" (como si no fueran todas eternas, si en realidad son verdades) en detrimento de la doctrina conciliar, que centró la reforma eclesial en el retorno a los orígenes, para hacer visible la Iglesia de Cristo, y no, como está sucediendo, la Iglesia del magisterio papal. La colegialidad y no la suprema autoridad del Primado. La enseñanza católica no debe ser, como pretende Ratzinger y pretendía Wojtila, apología del catecismo de la doctrina romana y de la teología vaticana, entendiendo por tal la teología que tiene el visto bueno de la congregación para la doctrina de la fe. Para empezar, estamos en contra de la congregación y de su visto bueno, que no gusta a nadie, salvo los que forman parte de la curia, que no deja de ser "el establo". Y aquí sí que ya no se trata de iconografía tradicional, ni de figuritas de belén, sino de "eminencias reales", de bueyes y mulas con birrete de cardenal. De este pesebre, Ratzinger no habla. Y es de este, y no del otro, de donde nos han venido todos los males. El papa Juan ya lo previó. Sin citar a Isaías, dio a entender que, cuando él no estuviera, los Rabadanes de la curia se revolverían contra los pastores de las iglesias locales, metáfora viva de aquellos otros que dormían al raso velando al rebaño. ¿Habrá qué –pregunto– poner obispos, en el pesebre, en lugar de pastores? ¿Habrá que añadir a los teólogos silenciados, en la celebración de la noche más "silenciosa" del año?


No digo que no. Hace tiempo que interpreto el Concilio en clave de Navidad. Allí donde antes veía un "tour de force" entre conservadores y progresistas, ahora veo la eterna pelea entre los pastores y los Rabadanes. "Ganar o perder la batalla, como dice Sagarra, era una cuestión de vida o muerte". La batalla se perdió, pero la guerra, no. La guerra continúa. El goteo de víctimas es constante. A los represaliados del amanecer (Hans Küng, Congar, Chenu, Teilhard, Schillebeeckx y Häring, por no citarlos todos) se han añadido los del atardecer (Estrada, Castillo, Forcano, Vidal, Tamayo, Pikaza y Pagola, nombres bien cercanos, pero no únicos). Por no hablar de América Latina, donde la estrategia anticonciliar ha hecho estragos. Ya no se trata de saber si el hombre puede vivir sin Dios, sino de afirmar que no puede vivir sin el magisterio católico. El magisterio del buey y la mula del establo, los cuales pensaban que el mundo era inmutable. Precisamente porque su único mundo era el establo. Ratzinger habla para afirmar la virginidad de María. Yo los pondré en el portal pensando en la curia.


Por Jaume Reixach

Original en Catalán extraído del periódico EL PUNT AVUI